Brehinks

Ilusión. Angustia. Duda. Calma. Batallas internas. Diversión. Evasión. Acción. Pasión. Fuerza. Determinación.

Ilusión por algo nuevo.
Angustia ante los cambios.
Duda de no ser capaz a afrontarlos.
Calma cuando por fin te crees capaz.
Batallas internas creadas por la ilusión, la angustia, la duda y la calma.
Diversión cuando empiezas a disfrutar de los cambios.
Evasión para que nada te afecte.
Acción,eso es importante; pasar a la acción.
Pasión que te hace dejarte el alma.
Fuerza para dominar a la pasión y seguir en acción.
Determinación para que la fuerza no falle, la pasión no se apague, la acción no se frene, la evasión no nos aleje demasiado de la realidad, la diversión se mantenga, en nuestras batallas internas siempre seamos los vencedores, la calma vuelva cuando la necesitamos, la duda no se apodere de nosotros, la angustia no nos ahogue y la ilusión esté siempre presente.

En definitiva, para que la vida siga.

Porque Brehinks no es más que la melodía de la vida misma que cada día nos enseña una cara diferente.

SEILA QUIRÓS

– Sin título –

– ¿Qué buscas, hijo? – preguntó su padre.

– Nada, y todo a la vez. – le contestó su hijo.

– ¿Qué has perdido?

– Lo que no me atrevo a buscar.

– ¿Qué te falta?

– Lo que ni tan siquiera echo de menos. – Afirmó cerrando su mochila.

– ¿Por qué te marchas? – incrédulo cuestionó.

– Buscando lo que echo en falta, encontraré lo que he perdido.

Y partió.  Nada más que un deseo; nada más que su fuerza; nada más que su sueño.

Sabedor que se toparía con parajes nunca antes desvirgados. Consciente de que libraría batallas agotadoras, contra dispares e incansables rivales. Conocedor de que sufriría derrotas dolorosas que forzarían la rendición de cualquier hombre. Partió.

Buscar y encontrar, luchar y ganar, perder y seguir. El sabor de las victorias y la ilusión por lograr aquello en lo que soñaba, dotarían de sentido a su esencia. Dio un paso atrás, su último paso atrás, para abrazar a su padre. Pero este ya no se inmutó, no entendía ni respetaba la decisión que su único hijo había tomado.

Con la rabia en sus puños, cerró bruscamente la puerta y dejó atrás la que ya sentía su antigua casa. Nada ya podría retenerle. Apresurado, su padre se volvió para abrir la puerta. “En las largas migraciones, todos necesitan un nido para descansar”.

LORENZO MÉNDEZ

– El viaje de Dorgh –

Nací en los campos de Arnbeth en el año 5756 según la cronología de mi tierra. En mi país Irkham era la capital del reino de Ahmm. 256 años antes de mi nacimiento un oráculo predijo la que sería conocida como la Guerra de Krangh. También predijo que nacería un elegido que derrotaría al enemigo maléfico de la guerra. Yo sería el elegido y mi vida estaría en riesgo desde el primer día, ya que los secuaces del mal conocían las predicciones del oráculo.

El día de mi decimosexto cumpleaños los lacayos de Grehnk atentaron contra mi vida. Fue mi primer contacto con la violencia, ya que mis padres siempre la evitaron. Intentaron abatirme dos soldados mercenarios abriendo fuego contra mi persona.

El gobierno al mando del territorio, temeroso de perder a su tan anunciado héroe y viendo que mis padres no podrían mantenerme a salvo, decidieron enviarme a otra tierra y a otro tiempo. Los historiadores expertos del ejército investigaron y encontraron el lugar y época perfectos para mi formación militar y bélica.

Fui trasladado a la fortaleza de Irkham entre fuertes medidas de seguridad y allí fui puesto en manos de los científicos para teletransportarme al antiguo Imperio Romano.

Fueron pasando los años y en Roma fui primero esclavo, después legionario y por último general. Mi nombre romano era Cayo Tiberio.

En el plazo de doce años fueron a buscarme dos soldados del ejército de Irkham. El momento de la guerra estaba cerca y yo ya estaba listo.

Me llamo Dorgh, tengo ciento veinte años según la cronología de mi tierra y la que sigue es mi historia.

El regreso de Dorgh a su tierra natal fue tan doloroso como lo había sido su viaje a Roma. Sintió como si se le quemara toda la piel, aunque todo el proceso duró sólo unos segundos.

En Irkham fue recibido por todo el estado mayor del ejército del territorio, aunque no hubo mucho tiempo para formalidades.

Su entrenamiento militar sólo estaría completo cuando se hiciera con los conocimientos prácticos necesarios para manejar las armas propias de su tiempo.

Lo que no sabía Dorgh es que en sus sesiones de entrenamiento con armas había un espía que lo vigilaba.

Durante su reeducación militar en Irkham, Dorgh recordaba con frecuencia a Ferks, el general romano que le había enseñado todo lo que sabía sobre táctica militar. Al lado de Ferks había peleado en innumerables batallas, y en todas habían vencido de forma honorable. Dorgh no llevaba la cuenta del número de enemigos a los que había quitado la vida con su espada.

Ferks, su general, su padre, su consejero, el soldado con un solo ojo, el hombre que le dio una nueva vida alejado de sus raíces.

Lo que las tropas del bien desconocían es que, al tiempo que el elegido era puesto a punto para la batalla que estaba por llegar, los secuaces del mal se escondían y entrenaban en una fortaleza en las profundidades del mar de Birghoun.

Eran criaturas medio humanas, medio reptiles, que se alimentaban de lo que el océano les proveía.

La fortaleza protegía un emplazamiento militar que había sido diseñado por el Enemigo Supremo y en el cual los científicos del enemigo creaban a los soldados que habrían de enfrentarse con el gobierno legítimo del país.

En una noche de pesadillas, Dorgh soñó con su tierra natal. Arnbeth, los campos testigos de sus primeros 16 años de vida.

Fueron años dedicados al estudio y a la vida de agricultor, pues desde jovencito ayudaba a su padre en las labores del campo. También su mascota aparecía en el sueño, aquel lagartoide robótico que le acompañaba y protegía de extraños en sus viajes a la ciudad para hacerse con provisiones.

Aquellos fueron años felices, es decir, hasta el día en el que atentaron contra su vida. Pero aquel intento de asesinato político no apareció en su sueño. Sólo los campos carmesí en los que cultivaban los vegetales que vendían y se comían.

Dorgh despertó del sueño con un sentimiento de paz que no había tenido en mucho tiempo.

Nadie se dio cuenta de lo que sucedía hasta que fue demasiado tarde.

Una fría noche una turba de Suhorks, los soldados anfibios, abandonaron sigilosamente su escondite bajo el mar para llegar a la ciudad de Krangh. Llegaron en sus vehículos terrestres de guerra bípedos y en sus aeronaves de asalto. Las defensas antiaéreas sólo pudieron abatir a dos. Las armas láser eran las únicas luces que se podían ver en Krangh, y pintaban en el cielo destellos de fuego mortal. La gente cogía lo que podía y huían, aunque la mayoría no llegaban a salir de los límites de la ciudad.

Los altos mandos de Irkham recibieron la noticia durante la madrugada, con la noche ya avanzada y con la ciudad devastada por el fuego. Familias enteras perecieron bajo los cascotes provocados por el bombardeo.

Fue un ataque traicionero y cruel, pues ya los lacayos del mal sabían que el grueso del ejército legítimo estaba en Irkham preparando la Guerra que sabía estallaría.

Adiós, Ciudad de Krangh, quizás algún día algún ingeniero decida reconstruirte y devolverte la gloria perdida.

Grehnk, el general supremo del ejército del mal, descansaba en su casa, pendiente de las noticias que el canal de comunicaciones le transmitía acerca de la marcha de la guerra.

Era un humanoide, un experimento fallido que los científicos del país no habían podido controlar y que se había rebelado contra sus hacedores. Grehnk no tenía sentimientos, desde el punto de vista de un ser vivo. Pero sí estaba programado para fingir que tenía sentimientos, podía gesticular en respuesta a distintos estímulos. De hecho, para alguien no familiarizado con la ciencia de la robótica, podía pasar como un ser vivo.

Para Grehnk hacer la guerra era como pasar los distintos niveles y mundos de un videojuego. Para eso había sido creado, para analizar estrategias bélicas y predecir las mejores maneras de ganar.

El problema es que se había independizado y ahora estaba en otro bando.

La noche que comenzó la guerra Dorgh estaba en su área de descanso, solo, meditabundo, deprimido. Decidió que no podía pasar otra noche así, que necesitaba un poco de desconexión. Estableció comunicación telepática con el médico que se ocupaba de mantenerlo en forma. Le pidió que le permitiese darse un viaje que lo animase un poco. El médico accedió después de oír unas cuantas súplicas, y se presentó en los aposentos del elegido media hora más tarde. Le inyectó Rahlek directamente en el cerebro. Se pasaría un par de horas en una ensoñación despierta y después de caer en un reparador sueño se levantaría como nuevo.

Dorgh nunca había visto tantos colores brillantes, se quedó ensimismado en ellos mientras le venían recuerdos de infancia e incluso le venían imágenes de cuando estaba en el útero de su madre. Qué época tan feliz, oía nuevamente las canciones de su madre, las que le cantaba a la hora de acostarse. También vio luces en el cielo, luces de todos los colores y formas.

Dorgh volvió en sí con otra inyección. Al lado del médico estaba el comandante. Dorgh estaba todavía descolocado. El comandante le dio dos bofetadas y le hizo mirar al cielo. Los colores que había visto Dorgh eran las armas del enemigo que avanzaba veloz hacia Irkham.

Dorgh se metió en la cámara de armamento y salió equipado para la batalla.

En Irkham sonaban las alarmas, todo el mundo intentaba entrar en uno de los muchos refugios subterráneos habilitados para los civiles. En esta ocasión, todos los civiles capaces de empuñar un arma eran recogidos y armados por el ejército. La batalla que se aproximaba sería dura y el ejército enemigo numeroso.

Dorgh salió a la ventana principal del cuartel general y saludó a todos los militares que se congregaban en la plaza de abajo, todos ansiosos por escuchar a su líder.

Dorgh no les dirigió ninguna arenga, se limitó a coger un micrófono y gritar “VAMOS A GANAR ESTA GUERRAAAAAA”.

Mientras pilotaba su aeronave en pos del enemigo, la mente de Dorgh se fue unos instantes a su vida en Roma, a sus bodas con sus esposas romanas. Todo lo que Dorgh sabía de mujeres procedía de un lugar y una época que no le correspondían.

Augusta fue la primera de sus esposas, la que más felicidad le dio. Por desgracia para él, la vida de la Antigua Roma era peligrosa y las gente no solía vivir mucho. Enviudó a los dos años de contraer matrimonio.

Su segunda esposa, Agripina, le dio un hijo de nombre Augusto. Ella nunca supo que era su segunda esposa.

Los Suhorks llegaron a las puertas de la fortaleza de Irkham a pesar de la oposición del ejército legítimo. A la cabeza se hallaba Grehnk, su líder. Él dirigía la batalla con su cerebro electrónico, enviando las órdenes directamente desde su cerebro hasta los implantes que sus científicos humanoides habían colocado en el córtex de sus lacayos.

La artillería de ambos ejércitos rugían en plena noche, con explosiones en las calles de la ciudad. Los Suhorks eran más numerosos, pero la clave para derrotarles era acabar con Grenhk. Según la profecía del oráculo, sólo el elegido, Dorgh, podría hacerlo.

Grehnk ordenó destruir la aeronave en la que su espía sabía que estaba Dorgh.

Sin embargo, el Elegido no estaba ya en su aeronave, sino sobre la aeronave del líder del mal. Allí fue donde con su arma láser le practicó un agujero al techo lo bastante grande para introducir una granada de fusión.

Cuando la nave de Grehnk saltó en mil pedazos envueltos en llamas, todos sus soldados cayeron inertes, ya que la conexión que les mantenía activos había desaparecido.

Cuando los soldados del bien y los civiles cayeron en la cuenta de lo que había sucedido, hubo una algarabía general.

Los ciudadanos salieron a las calles de Irkham a recoger a los heridos y a pisotear a los Suhorks caídos. En los altavoces se oía un grito: “¡BREHINKS!”, que en el dialecto de los capitaleños quería decir: “¡VICTORIA!”

Sólo cuando los ánimos se calmaron un poco, todo el mundo se dio cuenta de una cosa: su Elegido no estaba. Nadie había vuelto a ver a Dorgh desde que había asestado el golpe definitivo al enemigo.

Mientras todos estaban celebrando la victoria, Dorgh estaba con su médico en la sala donde reposaba la máquina teletransportadora.

– Doctor – le dijo- yo no pertenezco ya a esta época. Mis experiencias importantes de la vida provienen de una tierra y un tiempo que ya están caducos. Mándeme de vuelta allí, por favor. Mándeme con mi mujer y mi hijo, concédame eso en premio a mis servicios.

– ¿Estás seguro de lo que vas a hacer?- le interrogó el médico.

Pero Dorgh estaba no sólo seguro, sino decidido.Dio un paso al frente y se situó dentro del cubículo donde ya había estado en otra ocasión.

El doctor introdujo las coordenadas de destino en el programa y se dispuso a accionar la palanca.

– Vete en paz y que encuentres la felicidad de espíritu que la profecía te arrebató- dijo gravemente antes de enviarle de vuelta a la Antigua Roma.

 EVERARDO MURIAS

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